
Un equipo de la Universidad de Linköping (Suecia) analizó datos de 6.497 personas adultas con dolor crónico no oncológico, recogidos entre 2008 y 2016 en el Registro Sueco de Calidad de la Rehabilitación del Dolor. Querían entender por qué el dolor intenso suele ir acompañado de ansiedad y depresión, aunque la relación directa entre ambos es más débil de lo que se piensa. El estudio se publicó el 16 de octubre de 2026 en la Scandinavian Journal of Pain.
Probaron cinco posibles «puentes» entre el dolor y el malestar emocional: el catastrofismo (imaginar lo peor sobre el propio dolor), el miedo a moverse, el nivel de actividad física, la aceptación y el insomnio. Al tenerlos en cuenta, la relación directa entre la intensidad del dolor y el malestar psicológico dejó de ser significativa. Los puentes más importantes fueron el insomnio y el catastrofismo, con un efecto medio, seguidos de la aceptación, con un efecto pequeño. El miedo a moverse influyó muy poco y la actividad física, nada apreciable.
Lo que sugiere, de forma honesta: no solo importa cuánto duele, sino cómo dormimos y qué pensamos sobre el dolor. Hay que tener cautela, porque es un estudio de un momento concreto (transversal): muestra asociaciones, no demuestra qué causa qué, y los datos son de personas atendidas en rehabilitación en Suecia. Aun así, los autores proponen priorizar el sueño, el catastrofismo y la aceptación en la atención del dolor crónico.
Fuente: Bäckryd E. et al., «Exploring the relationship between pain intensity and psychological distress: a parallel mediator, cross-sectional, registry study of >6,400 patients in Sweden». Departamento de Salud, Medicina y Ciencias del Cuidado, Universidad de Linköping (Suecia). Scandinavian Journal of Pain, 16 de octubre de 2026. DOI: 10.1515/sjpain-2026-0030.

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