
Un equipo de la Universidad McGill (Montreal, Canadá) analizó casi 500 muestras de sangre de siete grupos de personas con cuatro situaciones de dolor: agudo musculoesquelético, postoperatorio, crónico localizado y crónico generalizado. Midieron qué genes estaban activos y lo cruzaron con la intensidad del dolor en ese momento y con su evolución posterior. El estudio se publicó el 24 de octubre de 2026 en el British Journal of Anaesthesia.
La inflamación fue una de las señales más fuertes en todos los grupos, pero su sentido cambiaba según la etapa. En el dolor agudo, más actividad inflamatoria iba con más dolor, pero también con mejor recuperación después: parece una respuesta útil del cuerpo. En el dolor crónico localizado, la relación se invirtió. Y en el dolor crónico generalizado, la actividad de los macrófagos (células del sistema inmunitario) se asoció a más dolor y a que el dolor se mantuviera, lo que sugiere un sistema inmunitario que ya no ayuda.
Para quien convive con dolor, esto apunta a que la inflamación no es siempre «la mala»: su papel depende del momento, y eso podría explicar por qué los resultados con antiinflamatorios son tan dispares. Hay que leerlo con cautela: son análisis de sangre que muestran asociaciones, no causas, y el estudio no indica qué tratamiento conviene a cada persona.
Fuente: Parisien M, Karaky M, Montagna F, et al. «State-dependent roles of inflammation across pain conditions: insights from human transcriptomics». Alan Edwards Centre for Research on Pain, Universidad McGill (Montreal, Canadá). British Journal of Anaesthesia, 24-oct-2026. DOI: 10.1016/j.bja.2026.08.040.

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